El hormigón es una palabra que viene del latín y significa calcis estructura, es decir estructura compuesta de cal. El uso de un conglomerado a base de cal, como material de construcción, es muy antiguo. Ya en el año 300 aC, los romanos llevaban a cabo con dichas mezclas de algunas obras como el acueducto Appio.  Marcus Vitruvio Polión, en De Architectura, habla sobre el hormigón (opus ceamenticium) compuesto de piedra de desecho (caementum), cal y adiciones como puzolanas naturales, chamota...
Éste es parecido a un mortero romano de cal hidráulica, sólo que además de arena se utilizaba gravilla para dotar de mayor resistencia a la masa. El hormigón romano se realizaba mediante el vertido de dicha masa en el interior de muros de dos o tres hojas de fábrica de ladrillo, que realizaban la función de encofrados perdidos. El sistema constructivo posibilitaba la realización de gruesos muros de alta resistencia debido a la adición de puzolanas que dotaban de hidraulicidad al hormigón, haciendo posible su fraguado aún con espesores que no permitían la entrada de aire y por tanto el proceso de carbonatación necesario en el empleo de argamasas aéreas.
Sólo a partir del siglo XVIII, el término hormigón asume el significado moderno por el que se conoce hoy en día, un conglomerado que se formula con cemento Portland o artificial.

Hoy en día puede emplearse el hormigón romano en la restauración de estructuras antiguas tales como bóvedas, en las que por sus características no resulte compatible el uso de morteros de cemento.

 

 

 

Bibliografía: (Adam, 1996); Foro Italiano della calce