La cultura egipcia utilizaba el yeso para unir bloques de mampostería y en la técnica del estuco para revestir sus edificaciones. Las tumbas pintadas al fresco en Tebas, del siglo XV a.C. se revestían previamente mediante un enlucido confeccionado con yeso mezclado con cal. En muchos de sus palacios se encontraban acabados coloreados mediante esta técnica y, según Robertson (Alejandre 2002), el hormigón de cal se utilizó para la confección de pavimentos en los templos y palacios prehistóricos y primitivos, como es el caso del palacio de Cnosos.

Coetáneamente a la caída de Cnosos los griegos ejecutaban frescos en Cadmos, Tebas y algunos fragmentos del palacio de Tirinto, posteriores al 1400 a.C.

En la edad micénica se empleaba la piedra caliza de Argos para la edificación de mampostería en seco, así como el mármol del Peleponeso, de gran blancura y fina granulometría. Estas calizas eran enlucidas mediante finos estucos coloreados para afinar dichos materiales pétreos, de los cuales se han encontrado restos en Sicilia y Paestrum, aunque no fue hasta el segundo milenio a.C. que se confeccionaron revocos que imitaban el rejuntado de sillares, entre otros elementos arquitectónicos, tal y como se observa en las edificaciones de Thera y Delos.

En Thera se utilizaba una mezcla de cal y arena con polvo volcánico procedente de la isla de Santorini, mediante el cual se obtenían morteros hidráulicos. También se usaban la teja o el ladrillo picado, llamado “chamota”, como tinte para revestimientos interiores, lo que proporcionaba al revestimiento propiedades hidráulicas.

El primer empleo de chamota conocido se efectuó en la construcción de los aljibes de Jerusalén durante el reinado de Salomón en el siglo X a.C., por parte de los obreros fenicios que ejecutaron su templo, quienes ya conocían las propiedades de las puzolanas artificiales.

También en la India las pinturas murales se realizaban en varias capas, diferenciando el revoco, la capa más gruesa de nivelación, del enlucido o capa receptora de la pintura.

El revoco se efectuaba mediante una capa de arcilla y fibras vegetales o animales a las que se les añadían varias capas de tierras, arena, polvo de ladrillo o conchas (es decir, puzolanas) y cal. Nivelada la pared, se procedía al enlucido, es decir la adición de adhesivos: cera, goma, resina, azúcar, jugos de plantas, aceites o colas, y se finalizaba el proceso con un pulido para la recepción de la pintura. Ésta última no era una técnica al fresco, como en las culturas mencionadas anteriormente, sino una pintura a la témpera en seco.

En Rajasthan, en cambio, sí que se empleaba una técnica muy particular de pintura al fresco (Gárate, 1994) basada en un revoco de polvo de cal o mármol y arena en proporción 1:2, con aditivos como fibras vegetales de limo, pelaje animal o corteza de arroz. Se aplicaban con talocha sobre la pared húmeda para consolidar y nivelar el paramento y se repetía el proceso hasta lograr un grueso de entre 1 y 3cm y se dejaba secar.

Seguidamente se preparaba el enlucido, a partir de un compuesto de cal a la que se añadía leche ácida o caseína en proporción 75:1 y se guardaba bajo agua durante un día. A continuación se colaba y se volvía a añadir agua, repitiendo el proceso hasta lograr una mezcla perfecta donde la cal se volvía más pura y blanca mediante el batido de la mezcla.

Finalmente se pulía con piedra el paramento de soporte y se aplicaban dos o tres estratos, cada uno de ellos seguido de un pulido, y el último de ellos se pulía con piedra ágata para lograr un acabado más fino. Sobre este pulido final se aplicaban con goma y pintura los colores básicos mediante pincel y una pequeña llana de madera o talocha. Una vez finalizado el proceso de pintado, se trataba la superficie mediante una llana de madera y se procedía a un lavado mediante un trapo impregnado de leche de coco. Para acabar, se pulía la pintura con ágata dejándola secar lentamente. A esta técnica se la conocía como “fresco lustro”, por la brillantez del pulido en las pinturas.

 

Bibliografía: (Alejandre, 2002); (Coloma, 2008); (Gárate, 1994)

 

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