La Edad Media es conocida como la edad oscura en muchos aspectos históricos y culturales. No es así en el campo de la arquitectura, ya que ésta época supuso la culminación del arte de la montea, desde el románico hasta el gótico más esbelto y decorado de las grandes catedrales europeas. Se reconoce en cambio, que en las construcciones domésticas de la época destacaron la pobreza de materiales y la baja precisión constructiva que se reservaba para las obras religiosas y militares. Por ello, no se conocen grandes mejoras técnicas que se dieran en dicha época en cuanto a los morteros y revestimientos realizados mediante cal.

Violet-Le Duc realizó una investigación cronológica sobre la evolución de los morteros medievales:

Entre los siglos IX y XI la calidad de los morteros era muy mediocre, aunque se mantuvo la adición de chamota. Estos fragmentos de tierra cocida aumentaban la porosidad del mortero facilitando así un proceso de carbonatación más rápido. Por otro lado, al tratarse de arcillas podrían aportar hidraulicidad al mortero, pero eso dependía del tipo de arcilla y la temperatura de cocción, por lo que dicha adición no suponía una mejora significativa a la calidad del mortero.

Violet-Le-Duc encuentra a partir del siglo XI  morteros de mayor calidad, debido a la realización de mezclas más homogéneas que en los anteriores. Se continuaba ulitizando chanmota para aumentar la porosidad del mortero, pero también se utilizaba para el mismo fin el carbón de madera.

Al inicio del siglo XII se restringió la utilización de cal y arena a los constructores por motivos económicos, por lo que se añadió tierra a las mezclas dando como resultado morteros mucho más pobres que los anteriores.

A finales de la Edad Media se produjo un cambio en la construcción popular, a consecuencia de los numerosos incendios producidos durante los siglos anteriores debido a la pobreza de materiales. Para luchar contra ese peligro se llevó a cabo un paulatino cambio hacia la construcción popular mediante piedra, metodología que no fue generalizada hasta el siglo XVII.

En el contexto español, el arte islámico supuso un gran cambio en los revestimientos y ornamentaciones arquitectónicas. Además de los motivos decorativos y la singular arquitectura islámica, heredamos el estuco “andalusí” compuesto mediante mortero de cal, yeso y polvo de mármol. El mortero de cal constituía la base del estuco, el yeso permitía realizar las complejas superposiciones geométricas de esta cultura debido a su largo tiempo de fraguado, y el agua de cal pigmentada daba lugar a una colorimetría muy variada. Son un claro ejemplo de ello las construcciones árabes que se encuentran en Andalucía, de entre las cuales destaca la Alhambra. Ésta está siendo actualmente restaurada por la escuela de artes y oficios de Albaicín.

Bibliografía: (Gárate, 1994)

 

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